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Ritxar Bacete González: “La igualdad es un aporte fundamental para el desarrollo social”

                 

 

Ritxar Bacete González, militante del movimiento de hombres por la igualdad

 

Ritxar Bacete lleva varios años inmerso en el estudio del género, la masculinidad y la militancia por la igualdad. El antropólogo alavés es miembro del Grupo de Hombres por la Igualdad de Álava (GHIA), de la red vasca Gizon Sarea y del Foro de Hombres por la Igualdad del Estado español.

 

¿De qué salud goza el movimiento de hombres por la igualdad en Euskadi?

Los primeros grupos se empezaron a reunir hace 20 años y hombres como Xabier Odriozola cuentan con una larga trayectoria en el estudio de las nuevas masculinidades. Pero el movimiento como tal se encuentra emergente. Hasta hace tres años no existían grupos estables y con vocación de transformación social. Ahora, además de GHIA, han ido surgiendo colectivos informales en Ermua, Irún u Ondarroa, Getxo…, y se está formando un grupo en Bilbao. Gizon Sarea pretendería facilitar un punto de encuentro en el que confluyan y se retroalimenten todas esas iniciativas.

¿Cuál está siendo la clave del éxito para consolidar el grupo de Álava?

Surgió con la vocación de compaginar un trabajo de crecimiento personal con un trabajo más social: denunciar la violencia machista, sensibilizar a otros hombres, trabajar con jóvenes, reivindicar la implicación institucional... Tratamos de lograr un equilibrio entre el cambio personal hacia actitudes más igualitarias y un compromiso claro de transformar unas estructuras patriarcales que condicionan la masculinidad, convirtiéndola en limitada respecto a las propias capacidades y limitadora respecto a las demás personas y, en especial, a las mujeres.

¿Qué papel debe desempeñar el movimiento dentro del programa Gizonduz?

La sociedad debe jugar un papel crítico y tractor de las iniciativas institucionales. Gizonduz sensibilizará, creará propuestas y facilitará espacios de encuentro. Formar a cientos de hombres en materia de género e igualdad actuará como elemento catalizador, de toma de conciencia y movilizador. Pero queda en manos del movimiento consolidar una agenda política propia y una organización estable.

Al contrario que el feminismo, el movimiento de hombres emerge ligado a las políticas institucionales.

El feminismo y las instituciones que trabajan por la igualdad exigieron y demandaron la implicación de los hombres, porque entendían que la igualdad real no se alcanzaría sin contar con ese 50% de la sociedad que representamos los hombres. Por ello, la mayoría de pequeños grupos han surgido a iniciativa de las agentes de igualdad. Se trata de sumar nuevos actores y alianzas a las políticas pro-feministas. No hay que  establecer una frontera entre ambos movimientos, sino concebirlos como dos caminos paralelos y confluyentes que avanzan hacia un objetivo común.

¿Cómo se convence a un hombre de que la igualdad le beneficia?

El gran reto del movimiento es que parte de la idea de renunciar a una situación de ventaja, frente al feminismo, que llena las alforjas de derechos. Renunciando a privilegios ganamos en bienestar y en calidad de vida, porque éstos actúan como una especie de boomerang: cada acto de poder devuelve insatisfacción, miedo, soledad, aislamiento y una percepción falsa de infalibilidad. Concebir esto como el orden natural de las cosas impide entender que existe una construcción social de género limitadora. No se trata de victimizar, pero sí de subrayar y definir que existen problemas de género específicos de los hombres: vivimos siete años menos, somos autores del 95% de los delitos, protagonistas de las actitudes de riesgo (accidentes automovilísticos, consumo de drogas…). Nombrarlos nos permitirá poner en práctica políticas específicas que beneficiarán a la sociedad en su conjunto. Aunque no tenemos que olvidar que uno de los objetivos fundamentales del movimiento de hombres por la igualdad es el compromiso firme y activo de los hombres contra la violencia hacia las mujeres.

¿En qué punto de la lucha por la igualdad se encuentra Euskadi?

Como en el resto del Estado, perdura una clara desigualdad: persiste la violencia machista, las mujeres tienen un menor salario, empleos más precarios, menor presencia en los ámbitos de poder… Los hombres de aquí y de allá compartimos la falta de implicación y de compromiso hacia el cuidado. La revolución pacífica de las mujeres para ocupar espacios públicos no ha producido el movimiento inverso, sino una especie de acuerdo en falso en el que el cambio de los hombres ha sido acomodaticio. Hemos asumido el discurso de que la igualdad es un derecho y un valor colectivo, pero nos seguimos escaqueando de implicarnos de forma cotidiana y anónima. Cuando uno pone una lavadora nadie sale a aplaudirle, y nosotros no estamos acostumbrados a carecer de reconocimiento. Nos implicamos en aquello que nos beneficia, pero para presidir la comunidad de vecinos, el club de fútbol o un país necesitamos que alguien que asuma nuestra responsabilidad en el cuidado. Seguimos precisando de la explotación de las mujeres para mantener las estructuras de poder.

¿Las nuevas generaciones viven en un espejismo igualitario?

Les transmitimos esa doble moral: el discurso igualitario frente a los usos reales del tiempo; lo que se debe hacer frente a lo que hacemos. La gran ventaja es que las chicas sí que han asumido en la práctica que la igualdad es innegociable, y eso sitúa a los chicos frente a un interesante reto: la necesidad de cambio. Y ante esto, haremos todo lo posible para que la opción de los chicos también sea la apuesta por la igualdad.

¿Qué hay de la lucha contra la homofobia?

Es, junto a la lucha contra la violencia machista, un elemento básico del movimiento. La masculinidad se ha construido sobre dos límites infranqueables: ser hombre es todo lo que no es ser mujer u homosexual. La deconstrucción de la masculinidad patriarcal y hegemónica pasa necesariamente por el reconocimiento activo de las diversidades masculinas, entre las que se encuentra la orientación sexual. A modo de ejemplo, uno de los ejes de trabajo de GHIA es la participación en el Día Internacional contra la Homofobia  y el Día del Orgullo Gay.

¿La igualdad impulsa el desarrollo socioeconómico?

Limita las actitudes de riesgo, la legitimación de la violencia y fomenta la autonomía personal. Pasar a un índice de siniestralidad técnico frente a la actual siniestralidad vial “identitaria”, muy ligada a la masculinidad hegemónica, supondría un ahorro de la ingente cantidad de recursos públicos que conlleva atender accidentes de tráfico. Por otro lado, con unas relaciones más igualitarias, las mujeres no se verán limitadas por tener que asumir las responsabilidades de sus compañeros, sus padres o los abuelos. La igualdad es por tanto un aporte fundamental para el desarrollo humano de las sociedades.