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“Los hombres tenemos que aparcar los prejuicios y reinventarnos”

Kirmen Uribe Urbieta, escritor.
Denunciar la situación de desigualdad que sufren las mujeres, a la vez que analizar las consecuencias negativas que el machismo conlleva también para los hombres. Ese doble objetivo ha estado siempre presente en las obras del escritor Kirmen Uribe. En su primera novela, Bilbao-New York-Bilbao, Uribe habla en primera persona de las vivencias, emociones y miedos de los hombres de su familia y de él mismo, rompiendo con el mito de que hablar de sentimientos no es cosa de hombres. El escritor vasco fue además uno de los primeros en firmar la Carta de hombres vascos por la igualdad y contra la violencia hacia las mujeres y el encargado de leerla en el acto de presentación en Ajuria Enea.
Licenciado en Filosofía y Letras, poeta... ¿Qué se siente al ir siempre contra los estereotipos masculinos?
Siempre he buscado nuevos caminos; esa ha sido desde joven mi trayectoria vital. En el instituto sólo estábamos tres chicos en clase, y eso resultó liberador. Fue una época muy bonita. He estado dedicado a actividades sociales, en el movimiento de insumisión y, debido a eso, en la cárcel de Basauri... ¡Ahí sí que estuve entre hombres! Siempre he andado rompiendo límites o, al menos, caminando entre los límites.
¿Y tu familia lo aceptaba?
A mi madre le gusta la literatura y siempre me ha apoyado. Veía que tengo las cosas claras, que desde joven quería ser escritor. Mi padre al principio prefería que yo fuera abogado, pero con el tiempo lo fue aceptando.
Según las estadísticas, las mujeres son más aficionadas a la lectura.
Tiene que ver con los roles tradicionales, que siguen vigentes también entre los más jóvenes. En mis sesiones de lectura, las chicas son mayoría. Creo que también lo son la mayoría de quienes han comprado o leido mi novela. Hay quien me ha dicho que es un libro que gusta especialmente a las mujeres. No sé porqué.
¿Y cómo se puede despertar la afición en los hombres?
Es un trabajo muy lento. En primer lugar, los hombres nos tenemos que desnudar; dejar a un lado los prejuicios y las tradiciones aprendidas y reinventarnos a nosotros mismos, construirnos de cero. De lo contrario, siempre caeremos en lo cómodo, en reproducir los roles asignados. Los hombres tropezamos una y otra vez con esa piedra. Las chicas están más despiertas. La mujer siempre busca su sitio en el mundo, se quede viuda, se separe de su pareja... Creo que en los momentos más díficiles busca mejor su sitio que el hombre.
¿Puede ayudar la literatura a proponer un nuevo modelo de masculinidad?
Mucho. Yo tengo esa preocupación desde el principio. El núcleo de la novela está construido sobre los hombres: el abuelo, el padre, yo mismo y Unai, mi hijo. Elegí esa línea y no la de las mujeres porque quería hablar de los hombres, de nuestras dudas y miedos. No quería mostrar la perspectiva clásica de la masculinidad, sino sacar a la superficie nuestros miedos. También aparece mucho mi madre y es muy fuerte. Me doy cuenta de que, si hubiera aparecido un poco más, hubiera eclipsado todo lo demás.
A través de la novela también denuncias la violencia contra las mujeres.
Muestro diferentes caras: la violencia sexual, el sufrimiento de las mujeres en la guerra... Entre otros, cuento tres episodios. El primero, del que fui testigo en una calle de Vitoria. Había una mujer llorando. Su marido le había quitado las llaves y los zapatos, así que estaba descalza. “¡Ya volverás!”, le gritaba el hombre. Fue muy fuerte y lo quise explicar. También aparece una escena sobre la situación de acoso que sufrió una mujer hindú en un avión, y hablo de una canción de la guerra, sobre una mujer de la que se burlan por haber tenido un hijo de un soldado italiano. También hay referencias a las condiciones de vida de las mujeres de los pescadores.
A la hora de escribir, ¿de qué manera intentas incorporar la perspectiva de género?
La he interiorizado de arriba a abajo, desde el principio de mi carrera. Un ejemplo es Bisita [Visita], uno de mis primeros poemas y que se ha hecho bastante conocido. Dice así [recita en euskera]: “Ahora sólo le hablamos mi madre y yo. El hermano ya ni aparece. El padre se queda en la puerta, callado”. Narra una visita que le hacen a la hermana del narrador; el padre y el hermano se alejan,y sólo la madre y el hermano pequeño acuden a hablar con ella. Por lo tanto, esa preocupación ha estado siempre presente y, además, en los dos sentidos: para explicar la situación de las mujeres y analizar el carácter conflictivo de los hombres.
Como hombre, ¿te ha costado publicar tus sentimientos más íntimos?
Ha sido difícil. Sobre todo, decidir cómo contarlos, para que no resultara demasiado romántico o sensiblero. He hablado de sentimientos íntimos, pero con mesura, manteniendo la distancia. Me parece muy bonito cómo se habla de la paternidad: la relación entre mi padre y mi abuelo; entre mi padre y yo; la mía con mi hijo, que además no es biológico... Siempre me ha interesado analizar cómo han ido cambiando esas relaciones a lo largo de cuatro generaciones.
¿Y cuál es la conclusión?
Han cambiado; ahora la distancia es menor. Aún así, el padre sigue queriendo proteger y encaminar siempre a sus hijos. Rara vez se reconoce que el hijo o la hija tiene que hacer su camino, desarrollar sus propias ideas, cometer errores y aprender gracias a ellos. Mi padre no quería que yo fuera escritor. Creo que hoy en día hasta los más progres mantenemos ese afán de proteger a los hijos.
¿De qué manera has intentado romper con los estereotipos de género al escribir literatura infantil y juvenil?
He intentado que mis personajes sean muy humanos. Uno llamado Garmendia, por ejemplo, es muy tímido y torpe. Apenas tiene relación con las chicas, porque cuando habla con ellas le entra vergüenza. Son dificultades muy habituales entre los más jóvenes. Les quería explicar que sus héroes son como ellos, que también tienen miedo. La clave es saber superarlos con el tiempo.
¿Qué aporta la carta Gizonduz a la lucha por la igualdad?
La iniciativa Gizonduz es muy vanguardista. Saca a los hombres de nuestro letargo y nos insta a trabajar con uno mismo, unirnos a los de nuestro propio género, hablar de nuestros errores e intentar ser mejores personas... Es un gran reto pero hay que afrontarlo. En nuestra sociedad, actos simbólicos como la firma de la carta siguen teniendo un gran peso y ayudan mucho. Que un grupo de hombres se reuna, firme una carta y se comprometa a cumplir con su contenido es un gran primer paso. Ayuda a quitar vergüenzas, muestra que no es tan raro que los hombres sean majos y que no se tienen que sentir raros al mostrarse así. Porque ese tipo de miedos todavia persisten y hay que ir superándolos. Ahora lo necesario es amplificar ese primer paso entre toda la sociedad, para que el mayor número de hombres posible participe en el movimiento.
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