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Arkaitz López Gorritxo, miembro del grupo de género la Coordinadora de ONGD de Euskadi e impulsor del grupo de hombres de distintas ONGDs de Euskadi

 

“Deconstruir la masculinidad supone ampliar las capacidades de desarrollo humano”

 

 

La Coordinadora de ONGD de Euskadi cuenta desde el año 2000 con un grupo de género dedicado a sensibilizar y capacitar a las asociaciones para que incorporen la perspectiva de género tanto en sus proyectos y programas como en su estructura y cultura organizativa. Pese a no estar planteado como un grupo de mujeres, la participación activa y permanente de hombres apenas superaba el 5%. Para impulsar su implicación, algunos integrantes masculinos implicados en la comisión de género han puesto en marcha un grupo en el que adquirir conciencia personal y colectiva sobre la necesidad de construir un nuevo modelo de masculinidad. 15 hombres de 12 ONGD vascas se reúnen desde septiembre del 2009, con el apoyo de Gizonduz.

¿Por qué apostasteis por crear un grupo específico de hombres?

Fue la consecuencia lógica de un proceso. En todas las propuestas de sensibilización del grupo de género se ha evidenciado la ausencia de hombres en el impulso activo de la equidad de género. El Grupo de género reconoció la necesidad de involucrarlos desde un proceso diferenciado que abordara el género desde el prisma de los efectos de las relaciones y la socialización en los hombres. La pretensión final es, en definitiva, generar alianzas entre los hombres en la lucha por la igualdad en el Norte y Sur del planeta.

¿Cómo estáis trabajando para ello?

Nuestro objetivo es consolidar un espacio grupal en el que poder debatir, formarnos, compartir e intercambiar desde lo vital -experiencias y vivencias- y lo teórico -opiniones y teorías- en torno a una serie de temáticas relacionadas con género, desarrollo y nuevas masculinidades. Queremos llevar a cabo un proceso de cuestionamiento personal y grupal para poder deconstruir nuestra masculinidad y ser así agentes de cambio, en lo privado y en lo público. Nos juntamos una vez al mes en Bilbo y en Donostia, (ciudades de donde son los miembros del Grupo), y pasamos tardes enteras trabajando con apoyos externos en una lógica de formación pero con dinámicas que favorezcan el intercambio personal y no meramente teórico. Aunque el objetivo es contribuir a mejorar el enfoque de género en los proyectos y en las dinámicas internas de las ONGD de las que formamos parte, cada vez nos damos más cuenta del largo proceso personal que tenemos pendiente y que urge recorrer para afianzar nuestro compromiso con la igualdad. Estamos atentos para no perdernos en la autocomplacencia, pero yo me atrevería a asegurar que hay procesos palpables en cada uno de los hombres del grupo, en sus conductas, en sus formas de relacionarse, en sus vivencias personales. En algunos casos, ya hay resultados a la hora de replicar la experiencia en sus organizaciones.


¿Con qué apoyos contáis en este proceso?

GIZONDUZ nos apoyó con ilusión desde el principio, poniendo a nuestra disposición recursos personales, materiales y su experiencia. Nos han orientado en cuanto al enfoque formativo, la selección de los ponentes externos que hemos invitado a las sesiones, nos han facilitado materiales producidos por ellos (manuales, berdinometros, mochilas,…), y proporcionado todo lo que implica contar con apoyo institucional público. Pero más allá de un compromiso institucional, nos han apoyado desde lo personal, y yo diría que hasta desde lo afectivo. Tenemos pendiente conocer más de cerca y compartir con otros grupos de hombres, aunque invitamos a todos los compañeros del nuestro a acercarse a diferentes actividades de Gizon Sarea y distribuimos informaciones y contactos.

¿Cómo valoras la forma en la que las ONGD vascas incluyen la perspectiva de género en su actividad?

Es evidente que se ha realizado un progreso muy positivo. Las instituciones públicas han sido un importante acicate en ese proceso, porque la forma tan radical en la que han asumido el compromiso de impulsar políticas de Cooperación al desarrollo sensibles a las relaciones de poder entre hombres y mujeres en el Norte y en el Sur, ha inducido a algunas ONGD a sumarse a ese proceso de concienciación de género para poder acceder a subvenciones públicas. Creo sinceramente que esa influencia externa ha cosechado una asunción y comprensión sentida de la desigualdad. El enfoque de empoderamiento de las mujeres en los proyectos y programas es el aspecto en el que más se ha avanzado en adaptar las teorías de Género y Desarrollo. Esto contrasta con un escaso avance en los aspectos organizativos, como las políticas o la estructura misma de muchas ONGD. Existe una importante concienciación en cuanto al impacto de los proyectos desde un enfoque de género, pero no tanto una reflexión interna de las relaciones de género que gestionamos y producimos en nuestro entorno personal y organizativo como ONGD.


¿Cómo se podría incluir la perspectiva de género de los hombres en los proyectos de cooperación al desarrollo?

Dado que las relaciones de género miden la situación de poder en la interacción entre hombres y mujeres, es lógico apuntar la necesidad de incluir a los hombres en el trabajo por la equidad de género, aunque sólo sea por la necesidad de que cambien a fin de avanzar en el empoderamiento de las mujeres. La conclusión inmediata que se extrae de la socialización sexista (y la más evidente desde que el feminismo la puso encima de la mesa hace 200 años) es que sitúa al hombre en una situación de privilegio sobre la mujer, que empapa todas las capas de la estructura social, política, económica, etc. Pero esta socialización exige también a los hombres pagar un alto precio. Quienes trabajamos en las nuevas masculinidades estamos tratando de identificar los costes de estos privilegios y desmontarlos. Promulgamos esa labor de deconstrucción para todos los hombres porque supone ampliar las capacidades de desarrollo humano, y es un complemento necesario para el empoderamiento de las mujeres. Los compañeros que están en el Grupo de hombres de la Cooperación al Desarrollo están llevando a cabo diferentes iniciativas en el Norte y en el Sur en esta línea, pero aún es pronto para hablar de resultados.


¿Qué debéis cambiar los hombres en vuestras formas de participación y organización social? 

El traslado involuntario y poco o nada consciente de muchas formas de la masculinidad hegemónica al campo de la Cooperación. Maneras de hacer, de ser, de comportarnos, de relacionarnos…En el tiempo que llevamos trabajando en este grupo de hombres de las ONGD hemos ido identificando oportunidades para el cambio: las dificultades para expresar y gestionar emociones, la ambición por ocupar el espacio público, el acaparamiento de la palabra y de los espacios de decisión, el modelo idealizado del héroe, la infravaloración del cuidado, el acaparamiento de las mejores condiciones salariales, la conversión incluso dialéctica de valores asociados a la solidaridad o el servicio en términos de conflicto, lucha, batalla, conquista… Creemos en un modelo de masculinidad diferente al imperante, y aunque no sepamos muy bien cuál es ni cómo lo vamos a poder alcanzar, este proceso de construcción de una masculinidad nueva, apoyado por el contraste con las compañeras (las de vida y las de las ONGD) nos ayudará a convertirnos en hombres más cercanos a la igualdad.


Los valores asociados a la cooperación al desarrollo (solidaridad, altruismo, cuidados...) no son los asignados tradicionalmente a los hombres. ¿Es éste un ámbito fértil para reforzar modelos de masculinidad igualitarios?

Los datos reflejan que los hombres estamos cada vez más presentes en el sector de la Cooperación desde que empezó a profesionalizarse y constituirse en una salida laboral. Pero sigue habiendo mucha diferencia en la participación de mujeres y hombres en el voluntariado, y los puestos y labores que asumen unos y otras están claramente vinculados a la división sexual del trabajo. La tendencia general es que a ellas les mueve la idea de servicio a la sociedad y a ellos la de relevancia social y distinción comunitaria. Partiendo de esta reflexión, ¿puede la cooperación al desarrollo construir una masculinidad diferente sin caer en los errores de repetir modelos tradicionales y repartos de roles que de alguna manera reproducen y perpetúan la desigualdad? Creo firmemente que sí, pero para ello es necesario que los hombres empecemos a interesarnos por las cuestiones de género, desde lo personal, desde el cambio, desde la valiente apuesta de estar abiertos a cuestionar el modelo de masculinidad que seguimos.

Pese a ser un sector feminizado, en la cooperación al desarrollo sigue existiendo el techo de cristal para las mujeres.

Sí, es un hecho constatado en investigaciones y publicaciones de la Coordinadora de ONGDs y su Grupo de género. Somos reflejo de la sociedad y el patriarcado no ha hecho la vista gorda con nuestro sector. El tema laboral, y en general todo lo relativo a la estructura organizativa, han sido temas tabúes durante mucho tiempo. Ha sido precisamente el Grupo de género quien ha empezado a poner encima de la mesa estas inequidades “dentro de casa”.  Hay muchos hombres formados en género que no han llevado a cabo una reflexión personal de  las implicaciones que tiene la socialización sexista en su vida diaria. Esto conduce a repetir conductas y comportamientos aprendidos, considerados neutros o naturales, y a reproducir los esquemas de dominación y desigualdad que vemos con claridad fuera de nuestra esfera personal y organizativa. Sólo hay un camino para romper el techo de cristal: el cambio personal de los hombres, su transformación hacia una nueva masculinidad.